El sudor desciende lentamente por el grasiento cuello rojizo
pero nadie parece percatarse, pues sus sortijas aún lleva puestas.
Engulle otro vaso de té y el sudor continua resbalando.
Todo el mundo está en silencio bajo el sol abrasador.
El cielo brilla furioso y la boca me sabe a sangre.
Los escorpiones retozan felices bajo la arena crujiente,
pero el agua no llega y Dios me está llamando.
El sol todo lo alcanza y no deja heridos a su paso.
De pronto una gota de sudor moja la arena, rompiendo el silencio.
Saltan los escorpiones, rebanando los dedos ensortijados,
que junto con la sangre del grasiento cuello degollado
vuelven a mojar mi boca.
Ya estoy preparado para asistir a mi entierro, vestido de arena.
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