martes, 6 de diciembre de 2011

Gaviotas


Gaviotas en mi cabeza
flotan en un mar gris oscuro,
agua caliente y lluvia negra,
y coches en la carretera.


Los niños nacen deformes
y un cigarrillo encendido
escucha la conversación
de los pingüinos enormes.


A la ventana que llora
una foto le es sacada
mientras las copas de oro
recogen la espuma que brota.


Debajo de la sucia ventana,
dónde duerme el cigarrillo
y las copas desbordan,
un árbol moribundo canta.


La voz de las gaviotas se astilla,
el árbol sigue cantando,
el cigarrillo se consume
y arriba las copas brillan.

viernes, 15 de abril de 2011

Vuelta a la realidad

Lo tenía todo y entonces fue como si un gran muro de agua se me echase encima, cargándome todo el peso de la realidad.
Sí, puedo ver en el fondo de sus ojos que no le apetece sonreír pero, ¿por qué lo hace?
Después de tanto tiempo aún siento esa conexión, como una llave oxidada que me permite observar en su interior. Por eso puedo sentir sus emociones; su dolor.
Extrañamente lo más difícil de sentirse mal es no aparentarlo.
Pero no me voy a engañar diciéndome que es por él, fue un capricho rechazado que tuve que olvidar, aunque, cómo cumbre de mi egoísmo, no intencionadamente.
Resulta más complicado no pensar cuando te lo propones...

Just Write

El sudor desciende lentamente por el grasiento cuello rojizo
pero nadie parece percatarse, pues sus sortijas aún lleva puestas.
Engulle otro vaso de té y el sudor continua resbalando.
Todo el mundo está en silencio bajo el sol abrasador.

El cielo brilla furioso y la boca me sabe a sangre.
Los escorpiones retozan felices bajo la arena crujiente,
pero el agua no llega y Dios me está llamando.
El sol todo lo alcanza y no deja heridos a su paso.

De pronto una gota de sudor moja la arena, rompiendo el silencio.
Saltan los escorpiones, rebanando los dedos ensortijados,
que junto con la sangre del grasiento cuello degollado
vuelven a mojar mi boca.
Ya estoy preparado para asistir a mi entierro, vestido de arena.

Milésima de segundo

Octubre 2008

No sé qué es el amor.
Conozco la vergüenza a hablarte,
el nerviosismo por conocer tu reacción,
los calores en el momento de decirte algo, que recorren todo mi cuerpo;
ese escalofrío cuando me tocas antes de contestar, todo se paraliza, respiro demasiado, mi corazón palpita demasiado.

En esos instantes, que son eternos pero no lo suficiente, me fijo en tus labios; tus ojos; tus cejas; tu nariz; tus mejillas sonrosadas con pecas invisibles; tus dientes al sonreír; tu pelo, sus rizos infinitos, frescos, húmedos, ligeros, fuertes, espumosos, suaves; pero sobre todo observo tu alma.
Que sale por tus labios repartiendo alegría; que es cristalina a través de tus ojos, más aún al cerrarlos; al sonreír, creando esas pequeñas arrugas a su alrededor.
Que exponen tus cejas, interrogativas y dudosas, imposible de predecir su resultado. Tu nariz, en la que deja el humor, que aparece en forma de pequeñas contracciones cuando algo le hace gracia.
En tus mejillas pone toda su dulzura; son almíbar encarnado, suaves y claras, blandas pero duras, son deseables.
En tus dientes establece el orden, lo estricto, la limpieza, las leyes, lo puro, lo recto, lo cual se rompe con una sonrisa, una leve sonrisa, tan fácil de provocar.
En tu pelo necesita poner más magia con la que crea tu ser, tu pelo es la representación de todo lo libre y preso a su vez; lo erótico y lo virgen, frío y cálido a la vez, delicado pero fuerte; podrías estar casi rozándolo y estarías a abismos de distancia.

Esto ocurre en un momento, justo antes de que respondas. Espero tu reacción, parece que nunca llega. El tiempo no da pasado, mi corazón palpita bruscamente:
pum, un gélido frío recorre mi cuerpo, pum, siento que voy a estallar. Creo que estoy temblando. Podría tener fiebre.
Parece que va a contestar...


Sonríes.



Una cálida brisa llena mi ser. Recobro poco a poco el pulso. El tiempo comienza a pasar con normalidad... me ha sonreído.

No se qué es el amor, pero espero que se parezca a esto.

Día de invierno

Bueno, hoy toca coger del cajón un poema lúgubre y tétrico pero, a mi parecer, precioso igualmente.

Tras la pared de piedra oscura,
fría, dura, sin cordura,
se hallan dos perlas brillantes,
negras, brillan como diamantes.

Van cubiertas tras pañuelo,
negro, de luto, insincero,
que ladran al vendaval
miedo, oscuridad y mal.

No veo el resto del cuerpo,
mas se asoma muy muy lento
el cadáver con las perlas,
desgarradoras ofensas.

Penetran mi subconsciente,
de las perlas soy creyente,
soy su más fiel vil esclavo.
Me acerco sin ningún reparo.

Miro las perlas, me envuelven,
son penetrantes, yacientes,
siento miedo, me acelero,
me arrancan mis pensamientos,

esas perlas resplandecen,
como dos vidas perecen,
hasta quitan mi bufanda,
me estaban quitando el alma.

Frío invierno, te veo negro.
Siento que ya no me muevo,
me es imposible apreciar
el frío rocío invernal.

Tarde de verano

Bajo un velo anaranjado
lienzo de blancos difuminos,
con un fondo de acuarelas
y un gran sol acostado

se halla un paisaje dorado.
Hierba al azote del viento,
brisa que acaricia el rostro
y agua corriente mostrando

una costura azulada.
En medio del verde prado,
pradera verde, pradal,
una pareja sentada

disfruta de la velada.
Están flotando en el mar
de hierbas azucaradas,
por la costura manchadas

de azul celeste aclarado.
Me sentía descansado,
en la hierba acomodado
estando en el lienzo acostado.

sábado, 9 de octubre de 2010

Frío

No hace calor.
Siento el frío húmedo de la noche en mis manos,
en mi cara.
Tan solo llevo puesta una camiseta
pero estoy un poco grogui por el viaje y el frío 
aún no ha llegado a mis huesos.


Entro en el coche y percibo una ventanilla abierta.
Noto que el frío persiste en su intento de llegar a mi interior.
No digo nada.
El viento frío acaricia mi desnudo brazo
como un gélido y agradable aliento.


Podría cerrar la ventanilla pero estoy disfrutando.
Puedo sentir como la helada brisa avanza suavemente
por mi piel, hundiéndose en mis poros;
esquivando el corto bello incoloro de mi antebrazo.


Mientras analizo las sensaciones que me produce la corriente helada,
mi trayecto llega a su fin y, con este, 
se desvanece la brisa con quien bailaba;
dando paso al húmedo rocío nocturno.